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sábado, 8 de marzo de 2008

Laura y el Osimax

La única persona que me hace sonreir en este mundo es Laura.

Laura tiene unos treinta y tantos años y sabe seducirme. Viene a verme todos los jueves al hospital porque es la representante de un laboratorio que produce un caro medicamento para la osteoporosis: el Osimax. Yo sé que ese medicamento no sirve para nada y Laura sabe que yo sé que no sirve para nada. Pero ella llega todos los jueves, a la una de la tarde, abre la puerta de la consulta y con su perfecta sonrisa me dice:

-Hola Doctor Matamoros, ¿puedo pasar?

Mientras tanto, ya ha entrado, ya se ha sentado delante de mí y mientras me habla de las falsas delicias de su medicina, me permite mirarle sutilmente el escote.

Por eso, cuando me llega una vieja con osteoporosis y cara de querer tomar pastillas, yo le receto el Osimax aún sabiendo que de poco le va a servir. Ya sé que es mala praxis recetar placebos, pero estoy dispuesto a cargarle fármacos inútiles a la Seguridad Social con tal de que Laura siga viniendo puntualmente a visitarme. ¿Y qué queréis? Al fin y al cabo, es el único momento de la semana en el que soy un poco feliz.

miércoles, 13 de febrero de 2008

El francés

-Estás más gordo, Rafael -me dice ayer Pilar, mi exmujer, nada más abrirme la puerta de la cocina para acudir a la fiesta de cumpleaños de mi hijo el mayor.
-Y tú sigues haciendo el bizcocho ese sequerón de chocolate que no le gusta a nadie -y señalo y fotografío la poco exitosa tarta de cumpleaños que ella habría estado cocinando cariñosamente toda la mañana.


El 12 de febrero, el cumpleaños de mi hijo, es uno de los peores días del año porque me tengo que reunir con mis exsuegros y con toda su piara. Para evitar saludos poco agradables, cojo inmediatamente el pasillo hasta el cuarto del fondo, del que vienen gritos y risas propios de una pandilla masculina de dieciséis años de edad. Entro en la habitación de la fiesta y se hace un silencio sepulcral. Todos los niñatos con acné miran al suelo.

-Hola papá.
-Hola Rafa. Feliz cumpleaños, hijo.

Le doy el videojuego que hace unas semanas mi enfermera compró por mí mientras compruebo que mi hijo ni para el día de su cumpleaños va a afeitarse el bigote.

-"El credo del asesino" -traduzco de la caja. ¿De qué va, Rafa?

Nadie me contesta, pero ponen el juego en la tele y todos los invitados lo veneran como si fuera un objeto de culto. Rafa juega muy mal, lo matan enseguida: una especie de guardia árabe lo sostiene contra una pared de ladrillos mientras otro sádico le ensarta varias veces una cimitarra entre el abdomen y el tórax.

Al ver mi cara de espanto, un francés de unos veinte años que está entre los amigos de mi hijo me dice que a él tampoco le gustan estos juegos. Parece muy simpático y educado, me sorprende que mi hijo tenga amigos tan refinados. Hablamos una media hora de los niños de hoy y de a qué se jugaba cuando yo tenía quince años. Me río un par de veces con él; es un tipo agradable.

Entonces llega Pilar con una bandeja de sandwiches, y al verme con el francés se ruboriza, evita mi mirada y me dice: "Ah... veo que Corentin y tú ya os habéis conocido".

martes, 22 de enero de 2008

Uno de mis trabajos

No, si lo que yo no tenga que soportar...

Los lunes paso consulta en una clínica privada de Triana. Porque yo, que aún no lo he contado, soy traumatólogo.

El caso es que esta tarde llego a la consulta y resulta que me han cambiado a mi enfermera de toda la vida. La han sustituido por una enfermera niñata de veintipocos años. No sé de dónde la habrán sacado, pero es un ser realmente repulsivo. Tiene pinta de ser de Pino Montano o de por ahí. Mastica todo el rato un chicle que seguramente dejará la clínica apestada de olor a química durante años.
Al cabo de la media hora, decido que ya tengo demasiadas canas para aguantar a una cría así al lado, así que intento como sea quitármela de enmedio.

Por supuesto, no le he dado el día libre, no. Vamos, lo que faltaba es que ésta cobrara por pasar el día paseándose por ahí, que seguro que es lo que en realidad le gustaría.

No, lo que he hecho ha sido enviarla a que me compre el regalo de cumpleaños de mi hijo, que es la semana que viene.

-Oye, ¿tú no tendrás idea de dónde se compran videojuegos?
-Sí, ¿por qué? -dice enseñándome el chicle.
-¿Te importaría ir a comprarme uno ahora si te doy el dinero?

Le paso el trozo de papel en el que mi hijo me escribió hace dos semanas el juego que quería por su cumpleaños y le digo que no se dé mucha prisa en volver. Ha tardado tres horas en hacerme el encargo, pero ¡qué a gusto me he quedado solucionando a la vez el problema del regalo y el de la niña esta!

sábado, 5 de enero de 2008

Sacar a comer a mis hijos


Esta mañana me ha llamado Pilar para recordarme que hoy me toca sacar a comer a los niños.

-Ya lo sabía, no hace falta que me lo recuerdes, sé qué días tengo que ir a recogerlos -contesto y le cuelgo.

En realidad, había olvidado que ahora los festivos me toca quedarme a mí con ellos; pero no voy a reconocer ante Pilar mi olvido, que la muy zorra es capaz de grabarme la conversación y presentársela al juez alegando que ni siquiera estoy capacitado para quedarme con los niños una vez cada dos semanas: no es la primera vez que intenta cosas así.

A las dos saco el coche del garaje de la pensión y bajo por la Ronda en dirección a casa de Pilar. En realidad, la casa de Pilar es mi casa desde el momento en que fui yo quien pagó completamente la hipoteca, pero ya me duele la boca de explicarle eso al gilipollas de mi abogado; él me dice que lo normal es que la mujer se quede con la casa y con los niños, así que a mí no me queda otra que cagarme en el Código Civil.

Mi hija tiene diez añitos y se sienta en el asiento trasero después de darme un besazo en la mejilla. El mayor se sienta delante y ni siquiera me da los buenos días, sino que se dedica a mirar todo el viaje por la ventanilla.

-¿A dónde queréis que os lleve a comer?
-Al Sloopy, papá, llévanos al Sloopy, por favor -me dice la niña, que tiene la desgracia de llamarse también Pilar.

Consigo aparcar en Virgen de Luján y entramos en esa pizzería en la que sillas y mesas están siempre un poco grasientas. Pido una cerveza y mis hijos, una hamburguesa cada uno.

-Si queríais comer hamburguesas, podríamos haber ido a algún sitio mejor -les reprocho.

Yo no quiero nada, no tengo hambre. Me entretengo en ver comer al mayor mientras me bebo mi cerveza. Tiene dieciséis o diecisiete años y engulle como un cerdo. Apenas levanta la hamburguesa del plato, lo que hace es inclinar la cabeza sobre la comida. Más que morder su hamburguesa, parece que la está desgarrando. Sube por fin la cara y veo que tiene esos cuatro pelos del bigote que nunca se afeita llenos de mayonesa. Qué asco me da.

-Dice mamá que cuándo vas a dejar de vivir en el hotel del tito.
-Dile a tu madre que no se meta donde no le importa.

Yo también tengo la desgracia de que el mayor se llame igual que yo: Rafael Matamoros.